El pensamiento de Adam Smith y David Hume ofrece una perspectiva fascinante sobre cómo el egoísmo, lejos de ser un vicio destructivo, puede convertirse en un mecanismo social beneficioso cuando se articula a través de instituciones y convenciones. Ambos filósofos escoceses del siglo XVIII construyeron sus teorías morales y jurídicas partiendo de una antropología realista, donde el interés propio y las pasiones humanas no se niegan, sino que se canalizan hacia el bien común.
Adam Smith: el egoísmo como motor del intercambio social
Smith reconoce que el ser humano actúa movido por su interés personal, pero este no opera en el vacío. En su Teoría de los Sentimientos Morales, subraya que necesitamos la aprobación social para satisfacer nuestro amor propio, lo que nos lleva a moderar el egoísmo mediante la empatía (capacidad de ponernos en el lugar del otro). Este equilibrio se materializa en el mercado a través de la mano invisible: cuando cada individuo busca su beneficio en el intercambio mercantil, termina generando riqueza colectiva sin proponérselo.
La clave está en la división del trabajo, que Smith vincula directamente a la naturaleza social del ser humano. Al especializarnos en tareas concretas, dependemos unos de otros para satisfacer necesidades básicas, creando una red de interdependencias donde el egoísmo individual se transforma en cooperación obligada. Como él mismo afirma:
«La sociedad de personas distintas puede subsistir […] en razón de su utilidad, sin ningún amor o afecto mutuo […] a través de un intercambio mercenario de buenos oficios».
David Hume: justicia como convención contra la escasez
Hume parte de una premisa similar: los humanos tenemos una generosidad limitada y tendemos a privilegiar nuestros intereses cercanos. Sin embargo, a diferencia de Hobbes (no lo discutiré en este momento), no cree que esto conduzca necesariamente a una guerra de todos contra todos. En su Tratado de la Naturaleza Humana, argumenta que la justicia emerge como una convención para resolver tres problemas estructurales:
- El egoísmo natural
- La escasez moderada de recursos
- La igualdad relativa de fuerzas entre las personas.
Estas convenciones jurídicas no requieren altruismo, sino un egoísmo ilustrado: comprendemos que respetar propiedades y cumplir pactos nos beneficia a largo plazo. Hume lo ejemplifica con el origen de las leyes de propiedad:
«El mayor obstáculo para la sociedad procede de nuestro egoísmo […] y de la escasez de bienes externos. Por ello, se hace indispensable establecer convenciones que aseguren la estabilidad de las posesiones».
Egoísmo regulado: base del contrato social invisible
Ambos autores coinciden en que el derecho y las instituciones no deben erradicar el interés propio, sino canalizarlo constructivamente. Smith lo hace a través del mercado y la simpatía moral; Hume mediante normas jurídicas que convierten el cálculo egoísta en predictibilidad social.
Esta visión tiene implicaciones contemporáneas. Por ejemplo, en la regulación de bienes comunes (como el medioambiente), la «mano invisible» necesita complementarse con marcos legales que internalicen costos sociales. Del mismo modo, los sistemas de justicia modernos reflejan la idea humeana de que las normas deben diseñarse para humanos reales –no ángeles ni demonios–, creando incentivos que alineen interés individual y colectivo.
La genialidad de Smith y Hume radica en mostrar que el beneficio colectivo no exige negar el egoísmo, sino crear estructuras que lo transformen en piedra angular de la cooperación. Como escribió Smith:
«El ser humano necesita la sociedad no por amor al prójimo, sino porque sin colaboración es incapaz de subsistir con seguridad».
En este marco, el derecho cumple una función esencial: convertir la búsqueda legítima de interés personal en arquitectura invisible del orden social.
Tanto Smith como Hume justifican el beneficio social del egoísmo señalando que, bajo ciertas condiciones y regulaciones, el interés propio no solo es compatible con el bien común, sino que puede ser su principal motor. El derecho y las instituciones existen, precisamente, para canalizar ese egoísmo natural hacia la cooperación, la estabilidad y el crecimiento económico, haciendo posible una sociedad en la que los individuos, al buscar su propio beneficio, contribuyen involuntariamente al bienestar de todos.
Fuentes:
«Tratado sobre la naturaleza humana» de David Hume, publicado en 1739
“Teoría de los Sentimientos Morales” de Adam Smith, publicada en 1759
“Naturaleza de las Causas de las Riquezas de las Naciones” de Adam Smith, publicada en 1776.
«Sentimentalismo escocés: Hume y Smith contra el egoísmo moral» de María Alejandra Carrasco, publicado en 2018

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