En el Halftime Show del Super Bowl LX, Bad Bunny fue el primer artista latino en solitario que encabezó el espectáculo y lo hizo cantando casi todo en español. Más allá del despliegue de luces y coreografías, el mensaje político-cultural fue claro:
- Reapropiarse de la palabra “América” como identidad continental, no como sinónimo exclusivo de Estados Unidos.
- Visibilizar la historia colonial de Puerto Rico y criticar formas de imperialismo y arrogancia estadounidense, incluyendo alusiones también a Hawai.
- Terminar el show nombrando prácticamente todos los países del continente (no mencionó a Belice) , rodeado de banderas de América Latina, el Caribe, EE. UU. y Puerto Rico, para rematar con un balón donde se leía “Together we are America” y la frase “seguimos aquí”.
Es decir, no fue solo un show de entretenimiento: fue un gesto de afirmación de la dignidad latinoamericana en el centro mismo del espectáculo estadounidense por excelencia.
Que me haya gustado ese mensaje, a pesar de mi incomodidad con su música, es importante: indica que hay algo en la dimensión simbólica y política de su performance que conecta con una idea de justicia y reconocimiento.
Calle 13 lo cantó primero: la fuerza y el orgullo latinoamericano no se pueden silenciar. Desde las epopeyas de Simón Bolívar, quien consagró su vida a liberar Sudamérica, hasta las luchas contemporáneas de Rigoberta Menchú, defensora incansable de los derechos de los pueblos indígenas, nuestra historia está marcada por voces que se alzaron por la justicia y la dignidad.
También figuran nombres como Juan Friede, Cristina Villarreal Velásquez y Ana Cristina González Vélez, cuyas acciones reflejan el compromiso profundo con los derechos humanos, la equidad de género y la memoria histórica en nuestra región. Todos ellos, desde distintos frentes, trazaron caminos de resistencia y esperanza.
En tiempos más recientes, incluso artistas como Benito Antonio Martínez Ocasio —Bad Bunny— han comprendido el poder de su fama como herramienta de transformación social. Con su estilo único y su voz mal entonada, ha contribuido a visibilizar causas sociales, dando continuidad, a su manera, a esa larga tradición de conciencia y compromiso latinoamericano.
¿Hace “buena música”? Separar gusto, calidad y efecto social
“Buena música” puede significar varias cosas:
- Técnica y profesionalmente lograda
Por cualquier estándar de la industria, Bad Bunny es un artista competente: múltiples Grammys y Latin Grammys, álbumes en el número 1 del Billboard 200 –incluido el primer disco enteramente en español en lograrlo– y el artista más escuchado del mundo tres años seguidos en Spotify. Esto no implica que me guste ni que deba gustarte, pero sí que domina su género y conecta masivamente con públicos diversos. - Innovación dentro del reggaetón / urbano
En la literatura académica se le reconoce haber ayudado a transformar el reggaetón: mezcla trap, pop, rock, referencias caribeñas, y sobre todo, introduce un juego con la masculinidad y la estética de género que rompe con la imagen hipermasculina clásica del género. - ¿Eso la hace “buena” en sentido ético-político? Ahí el terreno cambia. Una obra puede ser muy buena musicalmente y, sin embargo, transmitir mensajes cuestionables. Desde la filosofía moral, conviene distinguir entre:
- Valor estético (cómo está hecha, su creatividad, su impacto artístico).
- Valor ético (qué tipo de relaciones, conductas o imaginarios normaliza).
En resumen: sí, hace música técnicamente sólida y eficaz dentro de su campo. Otra cosa es si esa música contribuye a la sociedad que querríamos construir.
Género, feminismo y misoginia: el caso Bad Bunny
Mi intuición crítica sobre letras que denigran a la mujer no es aislada; también está presente en la academia feminista. Encontré, de hecho, tres grandes lecturas sobre Bad Bunny:
a) Lectura crítica: “purplewashing” y postfeminismo
Un trabajo de posgrado bastante citado habla de “purplewashing”: usar estética y discurso feminista como barniz, mientras persisten lógicas de misoginia y borramiento de las mujeres. Al analizar videos como Solo de mí y Yo perreo sola, la autora muestra que:
- Él capitaliza movimientos contra la violencia de género para construirse como aliado.
- Pero en la práctica sigue controlando la narrativa: la voz masculina, el protagonismo masculino y la industria dominada por hombres permanecen al centro.
Otro artículo en una revista de estudios feministas llega a una conclusión parecida: en Bad Bunny coexisten una subversión de género y una deconstrucción parcial de la masculinidad hegemónica, con una reiteración de valores machistas en letras y visuales. Es decir: hay gestos progresistas, pero dentro de un marco comercial que sigue reproduciendo desigualdades de género.
b) Lectura más favorable: apertura de un nuevo discurso en el reggaetón
Otros análisis –por ejemplo, un ensayo sobre Yo perreo sola– señalan que, pese a sus ambigüedades, esa canción introduce algo inédito: una voz femenina que afirma su derecho a perrear sola, sin acoso, y que cuestiona la lógica del hombre como centro del placer. Se lee la performance en drag, los mensajes en pantalla sobre el derecho de la mujer a bailar sin ser molestada, como un intento (imperfecto) de reeducar a los hombres jóvenes que consumen reggaetón.
Desde esta perspectiva, el problema no es tanto Bad Bunny como tal, sino el hecho de que a un hombre cisgénero se le aplauda por gestos que a mujeres y disidencias les han costado marginación o violencia. Su “feminismo” estaría inscrito en una sensibilidad postfeminista muy propia de la cultura pop: se toman elementos del discurso feminista, pero sin cuestionar en serio las estructuras de poder que permiten la desigualdad.
c) Lectura queer: género y colonialidad
Trabajos recientes en estudios culturales leen su performance de género como marcadamente queer: uñas pintadas, faldas, juego con la moda y las poses, todo desde una subjetividad puertorriqueña colonizada que desestabiliza la masculinidad latina convencional y también la masculinidad blanca estadounidense.
- Esto puede tener un efecto liberador para jóvenes que se sienten atrapados en mandatos de género rígidos.
- Al mismo tiempo, su participación en espacios hipersexualizados y en industrias como el porno, o muchas de sus letras explícitas, muestran que no ha “abandonado” la lógica patriarcal, sino que la negocia.
Creo que no es simplemente un machista más, ni tampoco un héroe feminista. Es una figura ambivalente, situada en el cruce entre mercado global, reggaetón y luchas de género. Sus canciones, tomadas en bloque, no pueden describirse honestamente ni como “emancipadoras” ni como “pura degradación”: contienen ambas cosas, y ahí está precisamente el dilema.
¿Sus canciones ayudan a construir una mejor sociedad?
Desde la filosofía social, la pregunta legítima es: ¿el conjunto de su obra desplaza sensibilidades hacia relaciones más justas o refuerza lo contrario?
Elementos que pueden considerarse positivos
- Normalización del español y de la identidad caribeña en el centro del mainstream global: muestra a millones de jóvenes que no es necesario “blanquear” ni anglicizarse para ser exitoso.
- Visibilización de Puerto Rico como colonia de EE. UU. y crítica al imperialismo: tanto en su música como en el Super Bowl, alude a gentrificación, abandono gubernamental y colonialismo.
- Gestos de apertura hacia la diversidad sexual: performances en drag, besos a bailarines hombres, gestos públicos de apoyo a la comunidad LGBTQ, desafiando la homofobia arraigada en el reggaetón.
Estos elementos contribuyen a ampliar el imaginario de quién puede ocupar el centro del escenario y bajo qué códigos de género e idioma. Eso, a nivel simbólico, sí tiene un potencial emancipador.
Elementos problemáticos
- Sexualización y objetificación recurrente: incluso en canciones con mensaje “feminista”, la mujer sigue siendo muchas veces sobre todo un cuerpo deseable, y la lógica central es el placer inmediato, no el consentimiento, el cuidado o la reciprocidad.
- Consumismo y hedonismo sin horizonte: abundan narrativas de lujo, excesos, drogas, fiesta; la economía política de ese imaginario refuerza un modelo neoliberal donde el éxito se mide por la ostentación.
- Ambigüedad moral estratégica: la mezcla de gestos progresistas con letras y visuales misóginos es funcional al mercado: permite captar audiencias diversas sin comprometerse con una ética coherente.
Desde una ética de la responsabilidad, se puede decir que su obra, tal como está, difícilmente puede presentarse como un proyecto consistente de transformación social. Contiene chispazos de crítica y apertura, pero integrados a un dispositivo industrial que vive de la excitación, el escándalo y el consumo, más que de la reflexión.
Latinos, migración y crimen: contrastar intuiciones con datos
Se llega a mencionar la idea de que la comunidad latina “en su gran mayoría” llega como indocumentada y “provoca delincuencia y tráfico de drogas”. Aquí la evidencia empírica es crucial, porque las percepciones suelen estar filtradas por discursos políticos y mediáticos.
- Un estudio con datos de arrestos en Texas (que registra estatus migratorio de todas las personas detenidas) encontró que los inmigrantes indocumentados tienen tasas de arresto por delitos graves significativamente más bajas que los ciudadanos estadounidenses nativos.
- Los nativos son doblemente más propensos a ser arrestados por delitos violentos.
- Más de 2,5 veces por delitos de drogas.
- Más de 4 veces por delitos contra la propiedad.
- Revisiones amplias de décadas de datos muestran que, a medida que aumentó el porcentaje de población inmigrante (incluyendo indocumentados) en EE. UU., las tasas de crimen violento y de propiedad disminuyeron drásticamente.
Esto no significa que no haya delincuencia ni tráfico de drogas ligados a redes con presencia de migrantes; significa que, proporcionalmente, la población inmigrante –documentada o no– comete menos delitos que la nativa. El vínculo “migración latina = crimen” es, sobre todo, un constructo político.
Desde la filosofía del derecho, allí aparece una gran injusticia: se criminaliza a un colectivo como tal por la conducta de una minoría, mientras se invisibiliza que el sistema económico estadounidense se beneficia masivamente del trabajo barato y precarizado de esos mismos migrantes.
¿Y los latinos que migran “por la vía legal”?
- Invisibilidad simbólica: el discurso público se centra o en el “migrante ejemplar” (casos excepcionales de éxito) o en el “migrante criminal”. La enorme mayoría de trabajadoras y trabajadores latinoamericanos con papeles –empleados agrícolas, de servicios, de construcción, académicos, profesionales– apenas aparecen en la narrativa.
- Sospecha generalizada: aun con estatus legal, muchas personas latinas experimentan perfilamiento racial, controles, trato desigual de la policía y de autoridades migratorias. El estigma no se borra con el visado.
- Explotación “legalizada”: programas de visas temporales, por ejemplo, permiten contratar mano de obra extranjera con derechos laborales limitados, creando una ciudadanía de segunda clase “regularizada”.
El mensaje de Bad Bunny en el Super Bowl –“Together we are America”– es inclusivo en el plano simbólico: interpela tanto a la diáspora documentada como indocumentada, e incluso a quienes nunca salieron de sus países. Pero no distingue las asimetrías jurídicas y materiales entre unos y otros. Desde una perspectiva crítica, se le podría reprochar justamente esa falta de concreción sobre las condiciones reales de la vida migrante, más allá del orgullo identitario.
ICE bajo examen: soberanía, seguridad y derechos humanos
Qué es ICE y qué pretende ser
ICE (Immigration and Customs Enforcement) nace tras el 11 de septiembre de 2001, cuando se crea el Departamento de Seguridad Nacional. Su misión oficial es hacer cumplir la ley migratoria “dentro, en y más allá de las fronteras” de EE. UU., a través de dos grandes ramas:
- Enforcement and Removal Operations (ERO): detención y deportación de personas sin estatus legal, especialmente aquellas consideradas “amenazas para la seguridad pública”.
- Homeland Security Investigations (HSI): investigación de crimen organizado transnacional, tráfico de personas, drogas, lavado de dinero, etc.
En teoría, es un dispositivo para proteger soberanía y seguridad. En la práctica, se ha convertido en una de las agencias más polémicas del país.
Perspectiva “pro-ICE” (visión norteamericana de seguridad y ley)
Desde un punto de vista centrado en soberanía estatal:
- Todo Estado tiene derecho –y deber– de controlar sus fronteras y decidir bajo qué condiciones se entra y se permanece en su territorio.
- ICE se presenta como un mecanismo para:
- Retirar del país a personas con órdenes de deportación o con historial delictivo.
- Combatir redes de trata, narcotráfico y otros delitos que efectivamente dañan a comunidades, incluyendo latinas.
- Hay sectores de la población estadounidense, especialmente en zonas que sienten presión económica o inseguridad, que perciben a ICE como una defensa necesaria frente a un gobierno que, según esa visión, ha sido “blando” con la migración irregular.
Esta visión suele apoyarse en una lectura fuertemente legalista: el que viola la ley migratoria, por definición, debe ser expulsado. Desde la filosofía del derecho, aquí domina una concepción positivista rígida de la ley, donde la legitimidad del orden jurídico se identifica casi sin más con su mera existencia.
Perspectiva crítica latinoamericana e internacional
Desde el punto de vista de muchos migrantes latinos, organizaciones de derechos humanos y buena parte de la opinión internacional, el problema no es que exista una agencia que haga cumplir la ley, sino cómo lo hace y qué leyes aplica.
Las principales críticas son:
- Militarización y cultura de fuerza: ICE ha sido descrita por analistas como una fuerza crecientemente militarizada, con operaciones que se asemejan a redadas militares y uso frecuente de tácticas intimidatorias en barrios, lugares de trabajo y hasta escuelas.
- Abusos a derechos humanos: condiciones deplorables en centros de detención, separación de familias, detención prolongada de personas sin antecedentes penales graves, incluso de solicitantes de asilo.
- “Mission creep” o desbordamiento de funciones: la agencia no sólo persigue a redes delictivas, sino también a personas cuyo único “delito” es su estatus migratorio, y más recientemente ha ampliado su vigilancia hacia activistas y opositores políticos al propio ICE, usando tecnologías intrusivas de espionaje digital.
- Impacto comunitario: el miedo a ICE erosiona la confianza en la policía local, hace que víctimas de violencia (incluyendo violencia doméstica) no denuncien por temor a deportación, y debilita la cohesión social.
Desde la ética y los derechos humanos, la objeción no es a la idea de que el Estado tenga reglas migratorias, sino a un modelo de control que produce un clima de “estado de excepción” permanente para millones de personas, donde la dignidad humana queda supeditada a un estatus administrativo.
Un cierre desde la filosofía y el mindfulness
Es una realidad, no me gusta su música ni sus letras y me preocupan sus efectos, sin embargo, reconozco dos intuiciones muy importantes:
- Me conmueve un mensaje de dignidad latinoamericana en el centro del poder simbólico estadounidense.
- Creo que toda persona, migrante o no, debe ser tratada con respeto, independientemente de su estatus.
Desde la filosofía moral, eso se parece mucho a una ética de la dignidad: el valor de la persona humana no depende de su pasaporte, ni de su “utilidad” económica, ni de si canta en inglés o en español, por eso me plante un gran reto para mí y toda persona que no gusta de la música qué produce Benito Martínez.
Desde la facilitación de mindfulness, se puede proponer un ejercicio: escuchar (o ver) a Bad Bunny con conciencia plena, observando:
- ¿Qué emociones surgen? ¿Ira, desagrado, tristeza, lucidez?
- ¿Qué partes de su propuesta te parecen claramente dañinas (cosificación, exaltación de la violencia, etc.)?
- ¿Qué elementos, aunque no te guste su estética, reconoces que pueden tener un efecto liberador o empoderador para otros (uso del español, orgullo latino, flexibilización de la masculinidad)?
No se trata de volverte fan, sino de cultivar discernimiento fino, que es distinto de la descalificación global. Ese mismo discernimiento es el que permite criticar duramente a ICE –y las políticas que criminalizan al migrante– sin negar que todo Estado tiene derecho a un marco regulatorio; y reconocer aportaciones simbólicas de Bad Bunny sin convertirlo en líder moral.
¿Ayudan sus canciones a construir una mejor sociedad?
En balance, a la luz de la evidencia, se puede decir:
- Contribuyen a una mayor visibilidad y orgullo de la latinidad, y a cierta apertura en temas de género.
- Pero lo hacen dentro de un dispositivo cultural que sigue mercantilizando cuerpos, afectos y luchas políticas, y que no rompe con el núcleo de la cultura patriarcal ni consumista.
Reflexión Final
Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea elegir entre aplaudir o cancelar a figuras como Bad Bunny, o entre defender o abolir agencias como ICE, sino aprender a habitar la complejidad sin renunciar a la exigencia ética. El Super Bowl, con toda su espectacularidad, puso en el centro del mundo a un artista caribeño que canta en español y reivindica a América Latina, al mismo tiempo que sigue inscrito en una industria que comercializa cuerpos, deseos y rebeldías. ICE, por su parte, encarna el dilema de un Estado que quiere proteger su soberanía y termina muchas veces violentando la dignidad de quienes más dependen de un orden jurídico justo. Ambas realidades –el show y la migra– nos recuerdan que el poder cultural y el poder coercitivo pueden hablar lenguajes distintos y, sin embargo, servir a la misma lógica estructural.
Una reflexión profunda exige escapar de la comodidad de las etiquetas simples. Bad Bunny no es ni el profeta liberador de la juventud latina, ni el enemigo absoluto de la dignidad humana. ICE no es ni una guardia necesaria del orden ni una banda de villanos sin matices. En los dos casos, lo que se ve son dispositivos que mezclan luces y sombras, avances simbólicos y regresiones éticas, gestos emancipadores y formas sutiles o brutales de dominación. El riesgo es confundir la emoción del momento –el orgullo de ver a “uno de los nuestros” en el escenario más grande, o el miedo a lo desconocido traducido en políticas de mano dura– con criterios estables de justicia.
Desde la filosofía del derecho, esto nos obliga a recuperar una distinción básica: no toda legalidad es legítima, ni toda popularidad es sinónimo de bien común. Que ICE actúe bajo normas vigentes no la exime de responsabilidad por vulnerar derechos fundamentales. Que Bad Bunny represente una victoria simbólica para el mundo hispanohablante no convierte automáticamente su mensaje global en un proyecto ético consistente. La tarea crítica consiste en evaluar continuamente las instituciones y las figuras públicas a la luz de principios más altos: dignidad humana, igualdad sustantiva, no discriminación, libertad real y no sólo formal.
Desde la práctica de la atención plena, la invitación es a mirar todo esto sin anestesia y sin autoengaño. Ver el show, escuchar las letras, conocer los datos sobre migración y crimen, mirar los testimonios de quienes sufren a ICE y de quienes se sienten vistos por la música urbana, y sostener internamente la tensión que surge. Ni refugiarnos en el cinismo de “todo da igual”, ni en la ingenuidad de creer que un artista o una agencia estatal resolverán los problemas estructurales de nuestra época. La lucidez, en este contexto, es la capacidad de sentir orgullo por la visibilización de lo latino y, al mismo tiempo, indignación por la violencia legalizada contra migrantes; de celebrar aperturas en las masculinidades y, a la vez, denunciar la cosificación persistente de las mujeres.
Tal vez la reflexión final sea esta: una sociedad mejor no se construye sólo con buenos símbolos ni sólo con buenas leyes, sino con una ciudadanía capaz de interrogarlos a ambos. Que Bad Bunny aparezca en el Super Bowl puede ser un hito cultural importante, pero lo decisivo será qué conversaciones inaugura en nuestras aulas, hogares y espacios públicos. Que exista ICE puede ser, para algunos, un signo de control y seguridad; lo decisivo será si permitimos que ese control se ejerza a costa de la humanidad de quienes migran. Entre el ruido del estadio y el frío de los centros de detención, queda un espacio silencioso que es el de la conciencia crítica: ahí es donde cada uno decide qué tipo de dignidad está dispuesto a defender y qué tipo de espectáculo ya no está dispuesto a aceptar como normal.
Referencias
- Díaz-Fernández, S. (2021). Subversión, postfeminismo y masculinidad en la música de Bad Bunny. Investigaciones Feministas, 12(2), 663–676.
- Perelló-Amorós, M. (2020). Bad Bunny “Perrea sola”: The gender issue in reggaeton. PopMeC Research Blog. https://popmec.hypotheses.org/2297
- Quevedo-García, J. (2024). Queer Bunny: Gender, nostalgia, and coloniality in Bad Bunny’s X100PRE. Journal of Iberian and Latin American Studies, 30(4), 415–433.
- American Immigration Council. (2015). The criminalization of immigration in the United States. American Immigration Council.
- Light, M. T., He, J., & Robey, J. (2020). Comparing crime rates between undocumented immigrants, legal immigrants, and native-born US citizens in Texas. Proceedings of the National Academy of Sciences, 117(51), 32340–32347. https://doi.org/10.1073/pnas.2014704117
- American Immigration Council. (2024). Debunking the myth of immigrants and crime. American Immigration Council.
- United States Immigration and Customs Enforcement. (2025). An overview of U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE). Department of Homeland Security / GovFacts.org.
- Brennan Center for Justice. (2025). ICE wants to go after dissenters as well as immigrants. Brennan Center for Justice.
- Rolling Stone. (2026, February 9). Bad Bunny’s Super Bowl halftime show explained: Meanings, symbols, and political messages. Rolling Stone.
- Los Angeles Times. (2025, September 29). Bad Bunny will perform Super Bowl LX’s halftime show, likely in Spanish. Cue the meltdown. Los Angeles Times.

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