La película The Professor (2018), dirigida por Wayne Roberts y protagonizada por Johnny Depp, nos presenta a Richard Brown, un profesor de literatura que recibe un diagnóstico de cáncer terminal en fase 4. Lo que podría parecer simplemente otra narrativa cinematográfica sobre la mortalidad se convierte, bajo el lente de la filosofía, el derecho, la economía y la contemplación mindful, en un profundo ejercicio reflexivo sobre cómo debemos vivir cuando confrontamos la finitud de nuestra existencia.
Richard Brown encarna lo que el filósofo Martin Heidegger denominó ser‑para‑la‑muerte (Sein‑zum‑Tode): una autenticidad existencial que surge únicamente cuando reconocemos nuestra propia mortalidad. No es hasta que Richard es consciente de que le quedan meses de vida que comienza a vivir con verdadera intencionalidad.
La crisis existencial y la filosofía de la libertad
El diagnóstico como acto de liberación
Desde una perspectiva filosófica, el diagnóstico de cáncer terminal de Richard no es meramente una sentencia de muerte; es una emancipación cognitiva. En términos existencialistas, Richard ha sido condenado a ser libre, como señalaría Jean‑Paul Sartre. Durante años, ha vivido dentro de las convenciones sociales, los rituales académicos y las expectativas que define una estructura universitaria rígida.
La película nos muestra el contraste: antes del diagnóstico, Richard es un profesor que vive sin vocación auténtica, en una casa donde su esposa mantiene un affair con el decano, donde su hija lucha con su identidad sexual sin apoyo familiar, y donde él mismo se esconde en el alcohol y la desconexión. Es una vida de mala fe (mauvaise foi), en la terminología sartreana: vivir negando la propia libertad y responsabilidad.
El diagnóstico le arrebata todas las excusas. Ya no puede posponer, ni fingir que el sistema universitario, el estatus o la apariencia de estabilidad matrimonial importan más que su autenticidad. Richard decide entonces hacer lo que Kierkegaard llamaría un salto de fe: asumir la responsabilidad radical de cómo vivirá sus últimos meses.
La pedagogía de la autenticidad
En su clase, Richard establece una regla que revoluciona el aula: “Si no quieres estar aquí, no vengas”. Esta no es una simple invitación; es un acto fundacional que redefine la relación educativa. Richard deja de ser un transmisor de conocimiento y se convierte en un catalizador de autenticidad: los estudiantes que permanecen lo hacen por elección genuina, no por obligación.
Aquí se puede conectar con la pedagogía crítica de Paulo Freire, para quien la educación auténtica es un acto de libertad, no un proceso de domesticación. Richard rechaza la pedagogía “bancaria” (depositar información en estudiantes pasivos) y abraza una pedagogía de la concientización, donde tanto profesor como estudiantes se vuelven sujetos de su propio aprendizaje.
Dimensión jurídica: derechos, poder y subversión institucional
La institución como sistema de poder
Desde una perspectiva de filosofía jurídica, la universidad (en la película) representa lo que Michel Foucault llamaría una institución disciplinaria. Funciona a través de estructuras de poder invisibles: códigos de conducta, jerarquías administrativas y sanciones que se aplican a quienes se desvían de la norma.
Richard, durante años, ha sido objeto de este sistema. Como profesor sin poder real en la estructura, ocupa una posición precaria: sin voz en decisiones departamentales y sujeto a la voluntad del decano. Su fragilidad laboral refleja inequidades sistémicas frecuentes en el mundo universitario contemporáneo.
Acto de desobediencia civil
Cuando Richard, en la cena de la facultad, confronta públicamente al decano por el amorío con su esposa y sugiere malversación de fondos universitarios, comete un acto de desobediencia civil institucional. Viola el código de conducta esperado (profesionalidad, silencio, cortesía burocrática) en nombre de una verdad moral superior.
Aunque la escena se presenta con tintes dramáticos, la acción tiene una dimensión profundamente política: Richard rechaza la legitimidad de un sistema que permite el abuso de poder en la sombra. El concepto de dignidad humana, central en la tradición de derechos humanos, se vuelve aquí fundamento de su resistencia.
Libertad última y límite del poder institucional
Cuando nuestro protagonista obtiene su sabático y abandona el campus, ocurre algo radical: ha trascendido el alcance del poder institucional. El derecho formal (contratos, reglamentos, políticas universitarias) se vuelve irrelevante ante la realidad de su finitud. La película sugiere que, cuando la muerte se aproxima, las estructuras que nos gobiernan en la vida cotidiana pierden su autoridad sobre nuestra conciencia.
Economía de la vida: tiempo, valor y consumo
El tiempo como bien escaso
Un análisis económico de la película debe comenzar con la observación de que Richard, durante toda su vida previa al diagnóstico, ha valorado el tiempo futuro por encima del tiempo presente. La estructura económica moderna —trabajo asalariado, hipoteca, jubilación— fomenta vivir para un futuro que nunca está garantizado.
Richard ha invertido su vida en capital intangible (estatus académico, “estabilidad” familiar aparente) que se revela carente de valor cuando confronta la finitud. Esto recuerda la idea de una especie de “entropía existencial”: el tiempo no se acumula como capital; sólo se vive o se pierde.
Rechazo de la lógica consumista
La película critica implícitamente la racionalidad económica neoclásica que asume agentes dedicados a maximizar utilidad mediante consumo material. Una vez consciente de su muerte inminente, Richard se vuelve “irracional” según esa lógica: gasta en drogas, alcohol y experiencias efímeras en lugar de asegurar su legado financiero.
Sin embargo, desde la perspectiva de la economía del bienestar, realiza una optimización más profunda. Descubre que su utilidad marginal del dinero es casi nula, mientras que la utilidad marginal del tiempo con amigos, de la autenticidad y de la libertad se vuelve enorme. Corrige así la confusión moderna entre precio y valor.
Deuda y redención
Richard no hereda a su familia una gran suma de dinero; les hereda un ejemplo. En lugar de capital financiero, ofrece capital existencial: la lección de vivir con honestidad frente a la muerte. La escena donde habla con su hija Olivia sobre sus relaciones y, finalmente, le revela su diagnóstico, condensa esta herencia: presencia, confianza y verdad.
Ecos de Martes con mi viejo profesor: las últimas lecciones
La enseñanza mediante la mortalidad
El libro Martes con mi viejo profesor (Tuesdays with Morrie), de Mitch Albom, comparte una arquitectura temática fundamental con The Professor. Ambas obras presentan a un maestro —Morrie Schwartz en el libro, Richard Brown en la película— que imparte su lección más profunda no a través de un currículum formal, sino a través de la aceptación de su propia muerte.
Morrie, diagnosticado con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), enseña a Mitch que “una vez que aprendes a morir, aprendes a vivir”. Richard, de manera paralela, termina su curso no con análisis literarios, sino exhortando a sus estudiantes a abrazar sus vidas y enfrentar la mortalidad de frente.
En Martes con mi viejo profesor, Morrie habla de la “tensión de los opuestos”: la vida tira entre ambición y contemplación, entre el yo y los otros, entre apego y desprendimiento. Sin embargo, insiste en que, a la larga, el amor es lo que debe ganar.
Richard vive esa tensión en pantalla: oscila entre el deseo de cuidado (hacia su hija Olivia, su estudiante Claire/Erika, su entorno cercano) y el impulso autodestructivo del abuso de sustancias. La película sugiere que, cuando el amor gana —especialmente en la relación con Olivia—, esa tensión encuentra un lugar de reposo.
Ambas obras critican la cultura de la acumulación. Morrie lamenta una sociedad obsesionada con “tener más” en lugar de “ser más”. Mitch aprende que perseguir éxito económico y status mediático no compensa la pérdida de autenticidad y conexión.
Richard descubre algo semejante: nunca necesitó el prestigio académico para sentirse vivo. Al soltar la ambición profesional y el matrimonio sostenido por apariencias, se abre a una vida más simple e intensa, centrada en la verdad, el afecto y la experiencia directa.
Si se amplía el horizonte comparativo hacia The Last Lecture de Randy Pausch, aparece una tercera variación sobre el mismo motivo: un profesor universitario que, frente a un cáncer terminal, decide condensar su vida en una última lección pública. Mientras que Richard Brown encarna la rebeldía existencial contra las convenciones y Morrie Schwartz se inclina hacia la vulnerabilidad afectiva y la crítica cultural, Pausch organiza su mensaje en torno a “conseguir de verdad los sueños de la infancia” y a la ética de cómo jugar bien las cartas que la vida reparte, aunque sean malas. En los tres casos, la docencia se transforma en legado: Richard mediante su pedagogía subversiva y sus últimos gestos íntimos, Morrie a través de conversaciones semanales cargadas de sabiduría, y Pausch mediante una conferencia cuidadosamente estructurada para sus hijos y sus estudiantes, donde insiste en que el punto no es cómo morimos, sino cómo vivimos mientras el tiempo sigue corriendo.
La práctica mindful: presencia ante la mortalidad
Presencia radical
The Professor, aunque no utiliza terminología budista, puede leerse como una narrativa sobre la presencia consciente. Cada acto importante de Richard después del diagnóstico —confrontar al decano, redefinir su clase, hablar con su hija— está impregnado de una atención distinta, como si la muerte activara una claridad radical.
En la tradición budista, este tipo de práctica se asocia a Maraṇasati, la atención plena a la muerte. No se trata de morbidez, sino de recordar que la muerte puede llegar en cualquier momento para vivir con urgencia espiritual y prioridad clara, es el Carpe Diem de Horacio o de Walt Whitman, el Memento Mori de los Estoicos que también aparece en el libro Eclesiastés en la Biblia o el Valar Morghulis de la Canción del Hielo y el Fuego cuyo primer libro es Game of Thrones.
Compasión en acción
Uno de los ejes de Martes con mi viejo profesor es la compasión de Morrie aun en sus últimos días: escucha, acompaña y cuida emocionalmente a sus visitantes, en vez de encerrarse en su propio sufrimiento. Richard, de manera análoga, busca conectar con quienes le rodean antes de partir —su hija, sus estudiantes, incluso su esposa— a pesar de su dolor.
Esta actitud evoca la práctica de karuṇā (compasión): reconocer el sufrimiento ajeno y responder con presencia y cuidado. Richard no puede “arreglar” el pasado, pero puede estar realmente ahí en el presente, sosteniendo la humanidad de los otros mientras su tiempo se agota.
El silencio como sabiduría
En el libro, Morrie utiliza el silencio como herramienta pedagógica, haciendo que sus estudiantes experimenten su peso y su capacidad para revelar emociones. En la película, Richard no dirige meditaciones formales, pero rehúye cada vez más la conversación superficial y la retórica vacía académica.
Este giro hacia menos palabras y más autenticidad tiene una cualidad contemplativa: menos explicación, más experiencia directa. En ambos casos, el silencio se convierte en una forma de sabiduría vivida.
Ejercicio práctico de mindfulness: meditación de la mortalidad y el propósito
Indicaciones preliminares
Este ejercicio está diseñado para practicantes de todos los niveles y dura aproximadamente 15‑20 minutos. Es especialmente potente si se practica después de ver la película o de leer sobre Martes con mi viejo profesor o The Last Lecture.
Contraindicaciones: No se recomienda para personas con ideación suicida activa, ansiedad severa no tratada o depresión mayor sin acompañamiento profesional. Si hay dudas sobre el estado emocional, es preferible consultar con un profesional de la salud mental antes de practicar.
Práctica: Maraṇasati Mindfulness (contemplación de la muerte y el propósito)
Fase 1: Preparación (2 minutos)
- Siéntate en una postura cómoda y alerta: en silla, cojín o, si es necesario, acostado, con la columna lo más erguida posible sin tensión.
- Cierra suavemente los ojos o mantén la mirada baja, sin enfocar nada concreto.
- Toma tres respiraciones profundas: inhala por la nariz 4 segundos, retén 4 segundos, exhala 6 segundos, permitiendo que el sistema nervioso se estabilice.
Fase 2: Escaneo corporal compasivo (3 minutos)
- Lleva la atención lentamente desde la cabeza hasta los pies, notando sensaciones (tensión, calor, frío, hormigueo) sin juzgar.
- Recorre frente, ojos, mandíbula, cuello, hombros, pecho, abdomen, espalda, pelvis, piernas y pies.
- Cuando notes tensión, repite internamente: “Está bien, este es mi cuerpo ahora, sosteniéndome en este día”.
Fase 3: Contemplación de la mortalidad (5 minutos)
- Trae a la mente la verdad simple: algún día morirás. No se sabe cuándo, pero es absolutamente seguro.
- Si aparece miedo o resistencia, obsérvalos como nubes en el cielo: “Aquí hay miedo; puedo verlo y seguir aquí”.
- Reconoce la incertidumbre radical: podrían quedar décadas, años o sólo días; la fecha es desconocida.
- Pregunta internamente: “¿Cómo quiero vivir, sabiendo esto?” No “¿qué esperan de mí?”, sino “¿quién quiero ser en los días que me quedan?”.[8]
Fase 4: Visión del propósito (4 minutos)
- Visualiza a las personas que amas, una a una, y pregúntate: “¿Qué necesitan realmente de mí mientras esté aquí?” (presencia, honestidad, ternura, ejemplo de autenticidad).
- Imagínate en tu lecho de muerte, mirando hacia atrás: ¿qué lamentarías no haber hecho o encarnado, en términos de conexión y verdad?
- Considera que esos posibles lamentos señalan tu mapa de propósito: lo que no quisieras lamentar es precisamente lo que te importa de verdad.
Fase 5: Integración (2 minutos)
- Regresa a la respiración natural, sintiendo cada inhalación como un recordatorio: “Estoy vivo ahora”; cada exhalación: “Puedo estar aquí, plenamente, en este momento”.
- Abre lentamente los ojos y permanece un minuto en quietud, dejando que la experiencia se asiente.
Fase 6: Reflexión escrita (3 minutos)
- Escribe tres acciones concretas para esta semana que encarnen el propósito que emergió (por ejemplo: una llamada significativa, un límite sano, un acto de honestidad postergado).
- Anota también cualquier resistencia que notaste (procrastinación, miedo, autoexigencia) como material para seguir trabajando con compasión.
Notas para una integración sostenida
- Frecuencia sugerida: una vez cada dos semanas, o cuando sientas que la rutina te anestesia.
- Variación: puedes dedicar la Fase 4 a una persona o comunidad específica (hijos, estudiantes, pacientes, colegas) y preguntar qué necesitan realmente de ti.
- Escritura reflexiva: journaling breve tras la práctica ayuda a consolidar la comprensión y a traducir la experiencia en decisiones concretas.
- Cuidado emocional: si la práctica despierta emociones muy intensas que no se calman con el tiempo, conviene buscar apoyo terapéutico.
Conclusión: vivir antes de morir
The Professor, Martes con mi viejo profesor y The Last Lecture coinciden en una intuición esencial: no es necesario esperar un diagnóstico terminal para vivir auténticamente. Richard Brown, Morrie Schwartz y Randy Pausch funcionan como espejos que reflejan tanto nuestra evasión de la muerte como nuestra capacidad de transformarla en maestra.
La filosofía recuerda que la libertad es un don inseparable de la responsabilidad. El derecho subraya que hay una dignidad que ninguna institución debería vulnerar. La economía, leída críticamente, revela que el capital decisivo es el tiempo y la calidad de nuestras relaciones. Y la práctica mindfulness ofrece un método concreto para encarnar estas intuiciones en la vida cotidiana.
Cuando Richard conduce más allá de la bifurcación del camino, hacia un sendero sin marcar, la pregunta regresa al lector/espectador: ¿hacia dónde estás conduciendo tu propia vida? La respuesta sólo puede surgir de la presencia, la honestidad radical y el valor de vivir hoy como si ya supieras la fragilidad de todo.

Deja un comentario