Ver cómo avanza la enfermedad de Nala es una de las experiencias más dolorosas que he vivido, una mezcla constante de amor, esperanza y un duelo que ya empezó en silencio. Cada noche se vuelve una incertidumbre: hay días en que su reaparición parece acelerarse y otros en que se detiene un poco, como si ella misma se negara a rendirse.
Pienso en aquella Nala que alguna vez describí como una guerrera, una corgi llena de valor que iba a una operación sostenida por la fe, el amor de su familia y la confianza en los veterinarios que la cuidan. Esa fuerza sigue ahí: aun cuando su cuerpo se cansa, ella insiste en jugar con su pelota, mueve la cola, busca el cariño y se aferra a la vida como si cada instante fuera un pequeño milagro cotidiano.
Hoy en su mirada hay algo distinto: a ratos parece comprender que dentro de ella algo ya no está funcionando bien, que su corazón se va resquebrajando poco a poco, y ese entendimiento silencioso es lo que rompe el mío, como si los dos se estuvieran quebrando al mismo tiempo.
Hay noches en que la escucho respirar con dificultad y me repito, como entonces, que no está sola, que aquí seguimos, que su familia no se ha ido a ninguna parte. Me aferro a la misma promesa que le hice cuando escribí que era más que una mascota: que es familia, faro de amor puro y lealtad incondicional, y que la vamos a acompañar hasta el último tramo del camino, por más duro que sea. No importa cuánto se complique el cuadro, no importa cuánto duela anticipar la despedida: mientras su corazón siga latiendo, yo estaré aquí para recordarle que es nuestra compañera, nuestra amiga, nuestra Nala Pembroke, y que en ese pequeño cuerpo sigue habitando una valentía capaz de iluminar incluso las noches más oscuras.









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