La Desilusión con la Selección Mexicana

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Seven soccer balls arranged in a row on grassy field with goal in background

No sé en qué momento exacto dejé de emocionarme con el himno de México antes de un partido de futbol, pero sí sé cuándo sentí el quiebre definitivo: fue la última vez que vi a la selección caminar en la cancha como si estuviera cumpliendo un trámite, mientras en la tribuna millones seguíamos creyendo que esta vez sería diferente. Y no lo fue. Otra vez no lo fue.

Lo que viene a continuación no es un alegato “anti México”, ni un manifiesto para convencer a nadie de cambiarse de camiseta. Es, más bien, una despedida honesta de una selección que ya no reconozco, una carta de divorcio con la Federación Mexicana de Futbol, y al mismo tiempo una declaración de amor futbolero a Portugal y Japón: dos proyectos que, cada uno a su manera, encarnan lo que yo le pido al futbol y que el Tricolor hace tiempo dejó de ofrecerme.


Cuando la camiseta deja de doler

Hubo una época en que sí creí que la selección mexicana podía mirar de frente a cualquiera, y esa época, para mí, se llama 1994. Aquella generación, con su mezcla de talento, personalidad y carácter, es la mejor selección mexicana que he visto en mi vida: jugaban sin complejos, con la seriedad de quien entiende que representa a un país, pero también con la alegría de quien ama el juego de verdad, y no les voy a mentir cuando escribí esto se me llenaron los ojos de lagrimas. En Estados Unidos 94 sentí que el techo estaba más arriba de lo que nos habían contado, que México podía ser algo más que la eterna promesa del “ya merito”. Por eso, cuando llegó el Mundial de Sudáfrica (2010), el golpe fue doble: no solo por el resultado, sino porque se rompió algo más profundo, una especie de pacto emocional. A partir de ahí, el camino fue una colección de penas, decepciones y torneos que sabían a lo mismo: potencial desperdiciado, errores repetidos, derrotas anunciadas. Para cuando llegamos a Brasil (2014), ya no quedaba casi nada dentro de mí; la ilusión estaba tan desgastada que lo que alguna vez fue esperanza se había convertido en costumbre de sufrir. Y uno no puede vivir eternamente de nostalgia.

Durante años nos vendieron el discurso de la “pasión” y el “orgullo” por la selección mexicana, pero en la práctica construyeron una estructura donde el resultado deportivo es secundario frente al negocio. La evidencia no falta: ciclos mundialistas que terminan en fracaso, improvisación en la elección de técnicos, cambios de proyecto a media ruta y directivos que parecen rotar en un carrusel de cargos sin asumir responsabilidad real.

No se trata solo de perder; perder forma parte del juego y, en ocasiones, incluso dignifica cuando se hace con entrega y coherencia. Lo insoportable es la sensación de que la derrota es consecuencia de decisiones aberrantes desde el escritorio: calendarios desfasados, ligas que priorizan intereses comerciales, reglamentos cambiados a conveniencia y una presidencia de la FMF que se ha vuelto sinónimo de polémica y fracasos acumulados. La selección se ha convertido en el espejo de un sistema que parece más preocupado por el control político del balompié nacional que por honrar la pelota.


Compadrazgo, amiguismo y el espejismo del mérito

El futbol, como la vida, debería recompensar el mérito. Pero en México, esa promesa suena cada vez más a cliché publicitario. En la selección nacional hemos normalizado que no vayan necesariamente los mejores, sino los más convenientes: jugadores de clubes protegidos, representantes con peso específico y nombres que se repiten en las convocatorias aunque su nivel haya dejado de justificarlo hace tiempo.

Bajo ese esquema, el talento que no encaja en el círculo correcto se queda fuera, sin importar el rendimiento. Lo que domina es el compadrazgo, la cercanía, el acomodo. El mensaje hacia la afición es devastador: da igual cuánto destaquen ciertos futbolistas en sus equipos, si no forman parte del entramado adecuado, su oportunidad con la selección será mínima o nula. Es difícil emocionarse con un proyecto que ni siquiera parece creer en la justicia deportiva más elemental.

A eso se suma otra herida: ver a jugadores que, ya en el campo, dan la impresión de estar de paseo. Viajes, marketing, spots, giras; todo gira alrededor del espectáculo, mientras la entrega se diluye. Un mes antes de un Mundial, la preocupación en los altos mandos gira más en torno a imponer reglas a los clubes que a construir un equipo sólido que llegue en su mejor momento. ¿Cómo creer en una selección que no se toma en serio a sí misma?


Portugal: el efecto Cristiano y la dignidad de un sueño

Si voy a seguir sufriendo por futbol, necesito que ese sufrimiento tenga sentido. Ahí entra Portugal. Durante décadas, la selección portuguesa fue una presencia intermitente en los grandes torneos: capaz de grandes generaciones, pero sin consolidar un palmarés a la altura de su talento. Eso cambió con la irrupción de Cristiano Ronaldo.

Cristiano no solo modificó la historia estadística de su selección; transformó su mentalidad. Antes de él, Portugal había clasificado a apenas tres Copas del Mundo y tres Eurocopas, sin levantar un solo trofeo importante. Desde su debut, encadenaron participaciones constantes, se instalaron en la élite competitiva y conquistaron finalmente la Euro 2016 y la Nations League, victorias que, simbólicamente, redibujan el mapa emocional del futbol portugués.

Para muchos, Cristiano Ronaldo es una figura polémica; para mí, es el jugador más grande de la historia. No solo por los goles, los récords o su presencia en cinco Mundiales, sino por el profesionalismo feroz, la disciplina casi ascética y la obstinación con la que se negó a aceptar los límites que otros diseñaban para él. Cuanto deseo que Portugal gane un Mundial, no es por la bandera; es porque me gustaría ver coronado, en la cúspide absoluta, el proyecto de un futbolista que convirtió a su selección en algo que México nunca se ha atrevido a ser: una nación que se toma en serio su sueño.


Japón: cultura, disciplina y un proyecto a largo plazo

Mi otra lealtad futbolera se llama Japón, y nace de un lugar distinto pero igual de profundo: la admiración por una cultura que entiende la disciplina no como sacrificio ciego, sino como forma de arte. El futbol japonés, lejos de conformarse con participar decorosamente, ha ido construyendo un proyecto paciente y sistemático que empieza a dar resultados tangibles.

Sus victorias sobre Alemania y España en Qatar no fueron casualidad ni milagro oriental; fueron la consecuencia de un trabajo de base, de ligas juveniles mejor estructuradas, de una apuesta por la técnica, la inteligencia táctica y la mentalidad competitiva. El país ha logrado integrar incluso elementos de su cultura pop —anime, manga— en la narrativa de su futbol, convirtiendo obras como Blue Lock en inspiración para programas de detección de talento, visorias e iniciativas reales de formación rumbo al futuro.

Blue Lock, en su versión de ficción, propone un proyecto casi demencial: crear al mejor “9” del mundo apelando al ego y la ambición extrema. En la realidad, Japón está construyendo otra cosa: una red de procesos y campamentos de desarrollo (como las iniciativas tipo “Future Camp” asociadas al fenómeno mediático del manga) que miran hacia una Copa del Mundo, no hoy, ni para dentro de cuatro años, sino en 2050. Es una apuesta a una generación que quizá ni siquiera ha nacido aún. Esa paciencia, esa visión de largo plazo, esa coherencia entre sueño y estructura, es exactamente lo que echo de menos cuando miro a la selección mexicana.


Por qué ya no puedo volver con México

Alguien podría decirme: “si tanto te molesta, deja de ver los partidos y ya”, -pues no los veo desde hace 10 años-, pero leo que siguen sin ganar y que Ochoa será el portero, ese gran Ochoa que se debió retirar del fútbol hace 4 años por lo menos. La verdad es que esto no es tan sencillo. Cuando uno crece con una camiseta, con unos colores, con la ilusión grabada en la memoria de los Mundiales, las Copas América y los veranos interminables de mi niñez y primera juventud frente a la televisión, dejar ir es un duelo.

Sin embargo, hay un punto donde la fidelidad deja de ser amor y se convierte en autoengaño. Seguir apoyando a una selección dirigida por una Federación que tolera el compadrazgo, que pone el negocio por encima del mérito y que parece incapaz de aprender de sus errores, sería, en mi caso, abandonar mis propios principios. No quiero animar a un equipo que llama a jugadores que no sienten la camiseta, que usan el escudo como plataforma de marketing en lugar de como responsabilidad sagrada ante millones de aficionados.

Hoy, mi corazón futbolero está con Portugal, por el efecto Cristiano y por la dignidad de un sueño que se sostuvo durante años hasta hacerse realidad en forma de títulos. Y está con Japón, por esa mezcla de cultura, disciplina y creatividad que convirtió incluso a Blue Lock en un símbolo de un proyecto real orientado al futuro.

A la selección mexicana la miro ya desde lejos, como se mira a un viejo amor que eligió un camino que no compartes. Mientras siga siendo rehén de intereses, compadrazgos y jugadores de paseo, no estaré ahí. No por falta de patria, sino por respeto al futbol, a mi propia afición y a ese niño que alguna vez soñó que la camiseta verde significaba algo más que un negocio de verano.

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