“¿Has visto el leopardo de las nieves? —No. —¿No es maravilloso?”
Hay libros que se leen como una expedición científica y terminan siendo una excursión al interior de uno mismo. “El leopardo de las nieves”, de Peter Matthiessen, pertenece a esa rara estirpe. Nos promete un viaje al Himalaya para observar animales y, casi sin avisar, nos coloca frente al tema que más trabajo nos da en la vida contemporánea: aprender a esperar sin garantía de resultados.
En otra ocasión escribí sobre La increíble vida de Walter Mitty y la tensión entre el deseo de aventura y la comodidad de la rutina. Ahí el giro estaba en atreverse a salir del cubículo. Aquí, con Matthiessen, la cuestión es otra: ¿qué hacemos una vez que ya salimos, cuando el camino se vuelve largo, silencioso y, sobre todo, incierto? Walter Mitty nos empuja al salto; el leopardo de las nieves nos enseña a habitar el vacío entre el salto y el desenlace.
La espera paciente en tiempos de inmediatez
En filosofía, desde los estoicos hasta Heidegger, la experiencia del tiempo no es un dato neutro: es una forma de estar en el mundo. Vivimos en una economía de la atención donde todo está diseñado para reducir la espera, para que “algo pase” de inmediato. Es la lógica del clic, del “siguiente episodio” y del rendimiento medido en minutos.
Matthiessen, en cambio, se deja arrastrar por una lógica inversa: camina durante semanas por montañas inhóspitas sin la seguridad de ver aquello que busca. Ni el cordero azul ni el leopardo de las nieves le firman contrato previo. No hay “garantía de satisfacción”. Y, sin embargo, sigue avanzando.
Desde el derecho y la economía, esta actitud resulta casi escandalosa: invertir tiempo, energía y recursos sin certidumbre de “retorno” es una especie de herejía frente al cálculo costo–beneficio. Pero la vida interior, como la espiritualidad y el trabajo profundo sobre uno mismo, no se dejan reducir a una lógica de eficiencia. La espera paciente es, en este sentido, una desobediencia a la tiranía de la utilidad inmediata.
Filosofía de la espera y presente absoluto
En “El leopardo de las nieves”, la espera no es un simple tiempo muerto entre la partida y la llegada, sino el contenido mismo de la experiencia espiritual que persigue Matthiessen. Antes de emprender el viaje, su maestro zen le da una consigna que atraviesa todo el libro: no esperes nada, ábrete simplemente a lo que el camino traiga. Esta indicación rompe con la lógica instrumental de casi cualquier expedición —científica, turística o vital— en la que el valor de la experiencia se mide por el resultado obtenido al final del trayecto, lo desglosaré más adelante.
Matthiessen convierte la espera en una práctica activa, no en pasividad resignada. Caminar durante semanas por el Himalaya sin certeza de ver al cordero azul en celo, y mucho menos al leopardo de las nieves, exige sostener la atención en el presente inmediato: el paso siguiente, la respiración, el paisaje que cambia con la luz. Esta atención al “aquí y ahora” absoluto se nutre explícitamente de la práctica zen, donde el tiempo no se vive como una flecha dirigida a una meta, sino como una sucesión de instantes que valen por sí mismos.
El libro plantea así una paradoja filosófica central: cuanto más se abandona la expectativa de un desenlace (ver al leopardo, alcanzar la iluminación, resolver el duelo), más se abre la posibilidad de una experiencia genuina del presente. La espera paciente deja de ser un obstáculo entre el sujeto y su objetivo y se convierte en el verdadero terreno de la transformación interior que narra Matthiessen a lo largo de la travesía.
Religiones comparadas y “filosofía perenne”
A lo largo del relato, Matthiessen no se limita a narrar la geografía física de Nepal y el Tíbet; también recorre una geografía espiritual, intercalando reflexiones sobre budismo tibetano, chamanismo local y otras tradiciones religiosas que encuentra en su camino por Dolpo. Estas comparaciones no buscan establecer jerarquías entre credos, sino identificar un sustrato común de intuiciones y prácticas que reaparecen en culturas separadas por el tiempo y la distancia.
Esta perspectiva se conecta con la noción de “filosofía perenne”, popularizada por Aldous Huxley, según la cual las grandes tradiciones espirituales del mundo —por diversas que sean en su forma— comparten un núcleo de verdades similares sobre la naturaleza de la realidad, el sufrimiento y la posibilidad de liberación interior. Matthiessen, formado en zen pero atento a las prácticas tibetanas que observa en su viaje, usa esta idea como marco para leer los rituales, monasterios y creencias que encuentra a su paso, sin exotismo superficial sino como variaciones de una misma búsqueda humana.
De este modo, el libro funciona en dos niveles simultáneos: por un lado, es un testimonio etnográfico de las prácticas religiosas del Himalaya en los años setenta; por otro, es un ensayo implícito sobre la posibilidad de una espiritualidad transcultural, donde el chamanismo de los sherpas, el budismo tibetano y el zen del propio autor dialogan como expresiones distintas de una misma inquietud metafísica frente a la impermanencia y la muerte.
En Walter Mitty hay una escena emblemática: el fotógrafo que, frente a un momento perfecto, decide no tomar la foto. Prefiere contemplar. Esa renuncia consciente a “capturar” la imagen tiene un eco directo en el Himalaya de Matthiessen. Contemplar es ver sin intentar poseer.
Desde la filosofía, la contemplación siempre ha sido algo más que “mirar”. Es una forma de relación con la realidad donde el sujeto suspende, aunque sea por unos instantes, su tendencia a usar, explotar o capitalizar lo que ve. En términos económicos, diríamos: por un momento dejamos de ver el mundo como recurso y lo vemos como presencia.
En el relato de Matthiessen, los paisajes, los animales, incluso las privaciones físicas, se convierten en objetos de contemplación. No porque sean agradables, sino porque son lo que hay. El ejercicio consiste en mirar con atención radical lo que está delante, sin exigir que se adapte a nuestro guion.
Silencio: cuando el ruido ya no ayuda
En entornos jurídicos, académicos y económicos, tendemos a creer que todo se resuelve con más discurso: más argumentos, más datos, más presentaciones. El silencio parece improductivo. Sin embargo, quien ha pasado por procesos de duelo, por decisiones éticas importantes o por crisis vitales sabe que hay un punto en el que las palabras ya no alcanzan.
El viaje de Matthiessen está plagado de silencios: silencios del paisaje, silencios del cuerpo agotado, silencios del propio dolor por la pérdida. No son silencios vacíos, sino densos. El ruido no ayuda a atravesarlos; la única forma es quedarse allí, escuchando.
En la práctica de mindfulness, algo similar ocurre cuando nos sentamos a meditar y aparece el impulso de llenar el espacio: con planes, fantasías, listas pendientes. El músculo que hay que ejercitar es precisamente el de tolerar el silencio interno, sin huir de él hacia la distracción de siempre.
Quizá el núcleo más radical del libro pueda formularse en una frase sencilla: viajar sin exigir resultados. El maestro zen de Matthiessen le sugiere, antes de partir, no esperar nada. Esta consigna es subversiva, porque la mayor parte del tiempo vivimos en negociación permanente con la realidad: “haré esto, pero solo si obtengo aquello”.
Desde la perspectiva del derecho y la economía, las expectativas son parte central del análisis: expectativas legítimas, confianza, previsibilidad. En la vida psíquica, sin embargo, muchas de nuestras expectativas funcionan como contratos unilaterales: yo los firmo, el mundo nunca se entera, y luego me indigno por el incumplimiento.
Renunciar a la expectativa no significa caer en la pasividad ni renunciar a la acción, sino cambiar de lógica: hago lo que corresponde, doy los pasos que puedo, pero dejo de condicionar mi paz interior a que la realidad obedezca mis términos. El leopardo puede aparecer o no. Mi vida no queda en suspenso por ese detalle.
De Walter Mitty al Himalaya: dos caras de la misma búsqueda
Tanto en Walter Mitty como en El leopardo de las nieves encontramos un mismo hilo conductor: la tensión entre el deseo de plenitud y las formas concretas en que intentamos obtenerla.
- En Walter Mitty, el riesgo es no salir nunca a la aventura, quedarse atrapado en la fantasía mientras la vida pasa en la oficina y en la pantalla.
- En Matthiessen, el riesgo es otro: querer que la aventura rinda “frutos” visibles, comprobables, fotografiables, medibles.
El paso de una historia a la otra es el paso del “atrévete a vivir algo distinto” al “atrévete a no controlar el desenlace”. En términos de mindfulness, el primer movimiento es romper la inercia; el segundo, aprender a soltar el resultado. Sin este segundo paso, la espiritualidad corre el riesgo de ser solo otra forma de consumo: experiencias intensas, paisajes exóticos, pero el mismo viejo yo exigiendo garantías.

Un pequeño ejercicio de mindfulness: habitar la espera
Propongo un ejercicio breve, pensado precisamente para trabajar estos cuatro ejes: espera paciente, contemplación, silencio y renuncia a la expectativa. Puedes hacerlo en casa, en la oficina o incluso en un pasillo de la universidad.
Duración aproximada: 8–10 minutos.
- Preparar el espacio y la postura
- Siéntate con la espalda recta pero sin rigidez, pies apoyados en el suelo o en postura cómoda sobre un cojín.
- Deja las manos sobre los muslos o entrelazadas suavemente. Permite que los ojos se cierren o se queden semiabiertos, con la mirada suave.
- Respiración como ancla
- Lleva la atención a la respiración tal como es, sin modificarla.
- Nota el aire entrando y saliendo, la sensación en la nariz, el pecho o el abdomen. Solo eso.
- Practicar la espera paciente
- Durante uno o dos minutos, observa la mente queriendo “pasar a lo siguiente”: pensamientos sobre el día, sobre problemas, sobre pendientes.
- En lugar de pelear con ellos, reconoce con amabilidad: “aquí está la impaciencia” y vuelve a la respiración. Una y otra vez, como quien regresa al sendero tras un pequeño desvío.
- Contemplación de lo que hay
- Ahora amplía la atención al cuerpo entero: sensaciones de calor o frío, tensión, incomodidad o bienestar.
- En vez de catalogarlas como buenas o malas, contempla cada sensación como si fuera un paisaje: “así se siente hoy estar en este cuerpo”.
- Silencio habitado
- Nota los sonidos alrededor: voces lejanas, motores, ruidos de la casa, o quizá un silencio más denso.
- No intentes cambiarlos ni filtrarlos. Deja que el entorno sea banda sonora de este momento. Si aparecen pensamientos, reconócelos y vuelve, una y otra vez, a esa mezcla de respiración y sonido.
- Renuncia a la expectativa
- Observa si hay una voz interna que dice: “esto debería relajarme más”, “ya debería sentir X”.
- Cuando notes una expectativa, nómbrala en silencio: “expectativa de calma”, “expectativa de claridad”, y déjala ir. No tienes que lograr nada en este ejercicio. El simple hecho de estar aquí, atento, ya es suficiente.
- Cerrar con gratitud sencilla
- Antes de abrir los ojos, toma una respiración un poco más profunda.
- Agradece internamente, aunque sea por unos segundos, el haber podido detenerte. No como acto sentimental forzado, sino como reconocimiento: en medio de la prisa, te diste un espacio.
Al igual que el viaje de Matthiessen, este ejercicio no promete un “leopardo” al final: no garantiza visiones, ni paz instantánea, ni respuestas existenciales. Lo que sí ofrece es algo más sutil y, quizá, más valioso: la oportunidad de entrenar el arte de estar presentes mientras no pasa “nada” espectacular. Ese es, en el fondo, el escenario donde se decide buena parte de nuestra vida.
Reflexión final: lo que enseña un leopardo que no aparece
Termino con una pregunta que me parece más urgente que cualquier resumen de capítulos: ¿qué hacemos, en nuestra propia vida, cuando el leopardo no aparece?
Como profesor de filosofía del derecho, paso buena parte de mis días entre argumentos que exigen conclusiones, proyecto de leyes y acuerdo que den una solución a los problemas jurídicos y sociales. Como amante de la teoría económica, estoy entrenado para pensar en términos de costo-beneficio, de inversión y retorno. Y como facilitador de mindfulness, sé que precisamente esa maquinaria mental —tan útil en el aula o en la toma de decisiones— es la que con más frecuencia nos impide simplemente estar donde estamos.
Matthiessen viaja al Himalaya cargando un duelo no resuelto y un objetivo científico concreto, y termina descubriendo que lo verdaderamente transformador no es el hallazgo, sino el modo de habitar el camino hacia él. Esa es, me parece, la lección que más vale rescatar hoy, en una cultura que mide el éxito en resultados inmediatos y confunde la productividad con el sentido.
No se trata de renunciar a nuestros proyectos, a nuestras cátedras, a nuestras investigaciones o a nuestro trabajo. Se trata de sostenerlos con otra calidad de presencia: hacer lo que nos corresponde —dar la clase, escribir el artículo, acompañar un programa— sin secuestrar nuestra paz interior a la condición de que la realidad se pliegue exactamente a nuestro guion.
Como escribí antes al hablar de Walter Mitty, hay un momento en que hay que atreverse a salir de la zona conocida. Pero “El leopardo de las nieves” añade una segunda enseñanza, más silenciosa y quizá más difícil: una vez que salimos, hay que aprender a caminar sin la garantía de ver aquello que fuimos a buscar.
Al final, como en la escena que cité hace unos días —“¿Has visto el leopardo de las nieves? —No. —¿No es maravilloso?”— quizá la pregunta que debamos hacernos no sea únicamente “¿logré lo que buscaba?”, sino algo más incómodo y más fecundo: “¿fui capaz de estar plenamente presente mientras lo buscaba, incluso sin encontrarlo?”
Esa disposición —contemplativa, paciente, capaz de soltar la expectativa— no es solo una actitud espiritual reservada a monjes zen o a expediciones al Himalaya. Es, creo, una competencia que podemos y debemos cultivar en el aula, en la vida institucional, en la práctica jurídica y económica, y sobre todo en los duelos y pérdidas que a todos, tarde o temprano, nos tocará atravesar.


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