La presidenta, la inflación y la calle: entre el dato y la experiencia

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Night urban skyline with illuminated skyscrapers and overlaid digital graphs indicating 3.94% growth

La reciente nota de La Jornada sobre la celebración de Claudia Sheinbaum por la reducción de la inflación a 3.94% no sólo informa un dato económico: también revela cómo se construye el relato oficial sobre la “normalidad” económica en México. En un contexto de redes sociales saturadas de quejas por el costo de la vida, la forma en que se comunica ese 3.94% importa casi tanto como el número mismo.

El 3.94%: lo que el dato sí dice

De entrada, conviene reconocer el mérito del dato. Una inflación general anual de 3.94% significa que, según los registros oficiales, los precios en mayo crecieron en promedio menos que meses anteriores y que el indicador volvió a ubicarse dentro del rango objetivo de Banco de México (2–4%). Se trata, sin duda, de una buena noticia macroeconómica: el episodio de inflación alta parece entrar en una fase de control relativo, al menos en lo que toca a la velocidad de aumento de los precios.

Sin embargo, el 3.94% es sólo una parte de la fotografía. La llamada inflación subyacente —que excluye precios más volátiles como energéticos y algunos alimentos— se mantiene todavía por encima del 4%. Esto es relevante porque ese componente “subyacente” suele reflejar mejor las tendencias de mediano plazo y las presiones persistentes sobre el costo de vida. Celebrar sin mencionar este matiz es, cuando menos, un ejercicio de simplificación excesiva.

Además, el descenso reciente obedece en buena medida a factores muy específicos: bajas en tarifas eléctricas y en algunos productos agropecuarios. Es decir, la mejoría no implica que toda la canasta básica se haya abarato, ni que la sensación de “todo está caro” haya desaparecido. El dato técnico y la vivencia cotidiana no se alinean tan fácilmente.

Medios económicos: elogio con reservas

Si comparamos el tono de La Jornada con el de medios económicos especializados, aparece una diferencia de enfoque. Medios como El Economista, Forbes México o las notas de análisis ligadas a casas de inversión como GBM suelen seguir un patrón reconocible: reconocen el avance, pero subrayan las reservas.

Por un lado, destacan que la inflación más baja mejora el entorno macro: reduce incertidumbre, da aire a los hogares endeudados y, eventualmente, puede abrir espacio para que el banco central considere recortes de tasas de interés. No se niega el logro; se le asigna su justa dimensión.

Por otro lado, insisten en algo que rara vez aparece en la comunicación política: el proceso de desinflación no ha terminado. Mientras la inflación subyacente se mantenga por encima de la meta y las expectativas de especialistas no converjan de forma clara al 3%, los riesgos de nuevos repuntes siguen presentes. No es un “punto final”, sino una etapa.

Es decir, en el lenguaje de los medios económicos, 3.94% es “mejor de lo esperado, pero todavía frágil”. En el lenguaje político, se corre el riesgo de traducirlo a “prueba contundente de que la estrategia económica funciona”. La nota de La Jornada parece inclinarse más hacia esta segunda lectura, con escaso espacio para la matización.

La otra realidad: la inflación en redes y en el mercado

La experiencia social de la inflación no se da en tablas ni en gráficas, sino en el mercado, en el transporte público, en el recibo de la luz y en el carrito del supermercado. Por eso las redes sociales se han convertido en un termómetro incómodo para los discursos oficiales.

Distintos ejercicios de monitoreo de conversación digital muestran que la mayoría de los mensajes sobre inflación en México son negativos: quejas, ironías, denuncias y comparaciones con precios de años anteriores. Poca gente escribe un tuit para decir “me alegra que la inflación vaya bajando”; mucha gente sí lo hace cuando siente que el salario no alcanza. Desde esa lógica, cualquier mensaje triunfalista sobre “inflación contenida” se percibe casi como una burla.

Además, en meses recientes hemos visto episodios en los que la propia presidente, al hablar de la situación económica, ha sido objeto de críticas virales: se le reprocha que la “inflación controlada” no se ve reflejada en el mercado, que el precio de alimentos clave sigue alto, que el transporte y servicios básicos se comen una porción cada vez mayor del ingreso. Hay una disonancia evidente entre el discurso macro (“los números mejoran”) y la experiencia micro (“yo no lo noto”).

La pregunta de fondo es filosófica y política: ¿qué significa “la inflación está bajo control” cuando una mayoría de la población expresa que su vida diaria se ha vuelto más cara y más difícil?

Ética de la comunicación pública: informar o administrar percepciones

Desde la filosofía política, la comunicación gubernamental no es neutral. Siempre implica decisiones sobre qué enfatizar, qué omitir, qué simplificar. En esa medida, la nota de La Jornada funciona como un caso de estudio de la zona gris entre informar y administrar percepciones.

Por un lado, comunica un dato verdadero. No hay falsedad en decir que la inflación general se ubicó en 3.94% y que eso representa una mejoría respecto a meses previos. El problema no es el dato, sino el marco:

  • No se explica la diferencia entre inflación general y subyacente, ni por qué esta última importa tanto o más para evaluar la tendencia real.
  • No se introduce la perspectiva del banco central o de analistas independientes, que suelen añadir cautela y enfatizar los riesgos todavía presentes.
  • No se confronta el discurso celebratorio con la percepción social, fácilmente documentable en redes y en encuestas sobre economía familiar.

La consecuencia es un relato que, bajo apariencia de objetividad, se acerca peligrosamente a la propaganda: se toma un indicio parcial de mejoría y se presenta como confirmación plena de que “la economía va bien”. En términos éticos, esto erosiona la confianza pública. Si la ciudadanía percibe que su experiencia cotidiana no coincide con el relato oficial, concluye que el gobierno vive en otro país o, peor aún, que manipula la información.

Entre la estabilización y la justicia social

Hay un punto intermedio que vale la pena rescatar y que rara vez aparece en la discusión pública: podemos reconocer el avance macroeconómico sin trivializar el malestar social. México vive, probablemente, una fase de estabilización relativa: los grandes desajustes inflacionarios se han suavizado, el peso mantiene cierta fortaleza y algunos indicadores macroeconómicos evitan escenarios de crisis abierta.

Pero estabilizar no es lo mismo que reparar. El nivel de precios alcanzado tras varios años de inflación elevada sigue ahí; que suban más despacio no implica que hayan regresado a un punto “justo” o soportable para los hogares vulnerables. La verdadera pregunta no es sólo si la inflación baja, sino quién paga el costo de la inflación acumulada y cómo se compensa esa pérdida de poder adquisitivo.

Una comunicación pública responsable tendría que decir algo como: “la inflación general está bajando y eso es una buena noticia, pero sabemos que los precios siguen altos, que el salario se ha visto golpeado y que todavía hay familias que no sienten esta mejoría; por eso, además de cuidar la estabilidad macro, necesitamos políticas concretas para aliviar el costo de la vida”. Ese reconocimiento de la brecha entre gráfico y carrito de supermercado es lo que humaniza la estadística.

En este escenario, el papel de medios como La Jornada es crucial. No basta con repetir los datos oficiales; su tarea debería ser tensionarlos, contrastarlos, interrogar su impacto real. Un periodismo económico robusto habría puesto en diálogo la celebración presidencial con:

  • Las cifras de inflación subyacente.
  • Las expectativas de analistas financieros y del propio banco central.
  • La percepción de la ciudadanía, visible en redes, encuestas y testimonios.

No hacerlo es renunciar a una parte importante de su función crítica. El resultado es una pieza informativa que legitima el relato del poder más que abrirlo a examen público.

Frente a esto, la responsabilidad ciudadana —y académica— es no quedarse sólo con el titular. Leer los datos, contrastar fuentes, tomar en serio tanto los informes de medios económicos como las voces de quienes, desde la calle y las redes, recuerdan que la economía no sólo se mide en porcentajes sino en dignidad de vida.

Entre el entusiasmo oficialista y el catastrofismo permanente hay un espacio de análisis sereno, pero exigente. Es en ese espacio donde deberíamos situar nuestra conversación pública: reconociendo los avances, sí, pero sin olvidar que la justicia social comienza cuando las buenas noticias macro se vuelven, efectivamente, buenas noticias para quienes hacen fila cada día en el mercado.

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