Reflexiones sobre la Selección Mexicana y la Fe en el Fútbol

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Mi pensamiento y reflexión frente al partido contra Inglaterra, es que la Selección Mexicana nos ha devuelto algo más valioso que la esperanza: nos ha devuelto la fe. No en el resultado —siempre incierto—, sino en la posibilidad de representar con dignidad lo que somos capaces de ser cuando hay disciplina, orden y propósito.

Este equipo ha mostrado algo que trasciende el fútbol: carácter. Ha sido imbatible no sólo en el marcador, sino en la actitud. Y eso obliga a una reflexión incómoda pero necesaria: quizá la que ha quedado a deber en este mundial no es la selección, sino su afición. Una afición muchas veces desbordada, festiva hasta el exceso, patriótica en la superficie pero débil en el compromiso profundo con lo que implica representar a una nación.

El fútbol, como toda expresión colectiva, es también un espejo. Y hoy ese espejo nos muestra dos Méxicos: uno en la cancha, que lucha con disciplina, valentía y sentido de equipo; y otro en las gradas, que aún confunde pasión con desorden.

No sé qué ocurrirá contra Inglaterra. El resultado pertenece al ámbito de lo contingente. Pero lo que sí es exigible —y deseable— es que esos once jugadores encarnen el espíritu de quienes, como Cabo Verde o nuestras propias leyendas, jugaron siempre contra la adversidad con dignidad intacta.

Si algo han demostrado hasta ahora es que están a la altura del reto. Que no sólo compiten, sino que honran la camiseta. Y si ese espíritu se mantiene, entonces no sólo estaremos ante un posible triunfo deportivo, sino ante algo más profundo: la reivindicación de que México, cuando quiere, puede.

Que luchen. Que crean. Que ganen, si es posible. Para eso están ahí.

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