La universidad pública mexicana todavía importa, pero está lejos de estar a la altura del discurso heroico con el que solemos defenderla. Sirve, sí, pero sirve a medias. Da resultados, pero de forma profundamente desigual. Y en calidad y competitividad internacional, vive entre la épica de la UNAM, los esfuerzos serios de algunas universidades estatales —como la UAEMéx— y un océano de simulación burocrática.
La promesa y la realidad
Durante décadas, la universidad pública se ha narrado a sí misma como “motor del desarrollo”, “ascensor social” y “conciencia crítica de la nación”. Esa narrativa no es del todo falsa: millones de jóvenes han encontrado en las aulas públicas la única puerta posible a una vida profesional digna. Sin la universidad pública, el clasismo mexicano sería todavía más brutal.
El problema es que esa narrativa convive con prácticas que la contradicen todos los días. Facultades capturadas por grupos, decisiones académicas subordinadas a cálculos políticos, planes de estudio que se reescriben para cumplir formatos, no para responder a problemas reales. Se habla de calidad, pero se documenta más de lo que se transforma; se llenan informes, pero no se tocan inercias.
Como profesor de filosofía, derecho y economía, no puedo dejar de ver la ironía: enseñamos teorías críticas del poder, del mercado y del Estado, mientras nuestras propias instituciones reproducen estructuras de poder opacas, lógicas de mercado mal entendidas y burocracias que ahogan cualquier impulso creativo.
¿Sirve todavía la universidad pública?
Depende de qué “servir” estés pensando.
- Sirve para ofrecer títulos a quienes de otra manera quedarían fuera del sistema.
- Sirve para sostener una mínima infraestructura científica y cultural que el mercado no financiaría jamás.
- Sirve para crear espacios (cada vez más precarios, pero reales) de reflexión crítica, investigación y debate.
Pero muchas veces no sirve para lo que dice servir:
- No articula de forma consistente sus proyectos con las necesidades concretas de las regiones.
- No genera, en la mayoría de los casos, innovación con impacto profundo en política pública, justicia social o modelos económicos alternativos.
- No consigue ofrecer, de manera generalizada, una experiencia formativa exigente, acompañada y humanizante.
Lo que encontramos son islas de excelencia en mares de mediocridad administrada. Grupos de investigación sólidos, cuerpos académicos comprometidos, clínicas jurídicas ejemplares, proyectos de extensión que realmente transforman comunidades… rodeados de trámites, reuniones, simulación de indicadores y una cultura de mínima exigencia.
UNAM y UAEMéx: vitrinas y espejos
La UNAM es la gran vitrina: aparece en rankings internacionales, tiene visibilidad global, produce investigación de alto impacto. Es el ejemplo que nos gusta mostrar al mundo (y a nosotros mismos) para demostrar que “sí se puede”. La UAEMéx, en otra escala, también ha construido una imagen de universidad pública estatal competitiva, con programas acreditados, presencia en rankings latinoamericanos y una vida académica que, pese a todo, resiste.
Pero tanto UNAM como UAEMéx funcionan también como espejos incómodos:
- Muestran que, con política académica de largo plazo, gobernanza relativamente estable y apuesta por la acreditación, una universidad pública puede competir.
- Al mismo tiempo, evidencian el contraste con muchas otras instituciones públicas donde la calidad es baja, la investigación es marginal y la “autonomía” se reduce a autonomía para administrar la inercia.
Desde dentro de la UAEMéx, uno ve las dos caras: esfuerzos genuinos por calidad, acompañamiento, investigación y vinculación… y, al mismo tiempo, rutinas administrativas, resistencias al cambio, disputas de poder que poco tienen que ver con los estudiantes o con el conocimiento.
Calidad, competitividad y la cultura de la simulación
En los últimos años se ha insistido en “calidad” y “competitividad”: acreditaciones, evaluaciones externas, indicadores, rankings. En principio, no es malo que se nos pida rendir cuentas. El problema es la manera en que lo hemos asumido: como una cultura de la forma por encima del fondo.
- Planes de estudio que se reescriben para alinearse con el lenguaje de las guías de evaluación, no con los desafíos éticos, económicos o sociales que enfrentan nuestros estudiantes.
- Proyectos de investigación concebidos para llenar criterios de productividad, no para acompañar procesos reales de transformación.
- Informes impecables, pero aulas donde no hay diálogo, acompañamiento ni rigor intelectual.
La competitividad internacional suele medirse en publicaciones indexadas, citas, patentes. Pero, ¿y la competitividad ética, crítica, humana? ¿Qué tanto formamos personas capaces de pensar su lugar en el mundo, cuestionar estructuras injustas y actuar con responsabilidad? Ahí, la universidad pública mexicana tiene un déficit que los rankings no captan.
Una mirada desde la filosofía, el derecho y la economía
Desde la filosofía, la universidad pública debería ser uno de los pocos espacios donde se puede sostener el ejercicio de pensar sin una utilidad inmediata, donde la pregunta por el sentido, la justicia, la verdad y la libertad no sea un lujo, sino parte del currículo vivo. Cuando reducimos todo a “empleabilidad” y “competencias blandas”, empobrecemos la misión universitaria.
Desde el derecho, la universidad pública se presenta como garante de derechos: a la educación, a la igualdad de oportunidades, a la inclusión. Sin embargo, al interior reproducimos desigualdades: entre carreras, entre facultades, entre quienes tienen acceso a redes de poder y quienes no. El discurso de justicia convive con prácticas excluyentes, clasistas, sexistas o corporativas.
Desde la economía, la educación superior pública suele justificarse como inversión en capital humano. Pero si esa inversión se gestiona con opacidad, sin evaluación seria de impacto, con capturas corporativas y sin articulación con un proyecto de desarrollo más amplio, lo que obtenemos es una mezcla de desperdicio de recursos y desaprovechamiento de talento.
Mindfulness en la universidad: más allá de la moda
Como facilitador de mindfulness, miro el campus y veo otro tipo de carencia: una universidad saturada de ruido, urgencias y ansiedad, pero con poca atención a la experiencia interna de quienes la habitan. Hablamos de “integralidad”, pero tratamos a estudiantes y docentes como piezas de una maquinaria.
El mindfulness se ha vuelto moda en espacios corporativos y educativos, pero en la universidad pública podría ser algo distinto: no un parche de bienestar para aguantar sistemas enfermos, sino una práctica de atención que permita:
- Ver con mayor claridad las dinámicas de poder, las inercias y las violencias sutiles que habitamos.
- Reconocer el sufrimiento (propio y ajeno) que generan la precariedad, la competencia vacía y la presión por rendir cuentas a métricas externas.
- Abrir espacios de presencia y diálogo real, donde escuchar se vuelva tan importante como argumentar.
Una universidad atenta —en el sentido más fuerte de la palabra— sería una universidad capaz de mirarse críticamente, de notar cuándo simula, cuándo traiciona su misión, y de tomar decisiones más conscientes.
¿Qué lugar ocupa México en el panorama internacional?
Si miramos el mapa global, México aparece con pocas universidades visibles y una sola que juega consistentemente en ligas internacionales: la UNAM. Ese dato no es solo de orgullo nacional; también es un síntoma: para el tamaño del país y su economía, la presencia es escasa.
Eso nos obliga a hacer una doble lectura:
- Hemos logrado sostener, en condiciones no siempre favorables, instituciones públicas que producen conocimiento y forman profesionales de alto nivel.
- Pero no hemos construido un sistema robusto de educación superior que dispare la creación de conocimiento, la innovación y la reflexión crítica a la escala que el país necesita.
Mientras tanto, seguimos celebrando cada posición ganada en un ranking como si fuera un trofeo definitivo, sin cuestionar qué tanto esos logros se traducen en cambios concretos en la vida de nuestros estudiantes y en la realidad social que nos rodea.
¿Y ahora qué? Entre la autocomplacencia y el pesimismo
Hay dos actitudes igual de estériles frente a la universidad pública:
- La autocomplacencia triunfalista: “somos la mejor educación que este país puede tener, y quien critique es enemigo de la autonomía”.
- El pesimismo cínico: “nada sirve, todo está cooptado, lo mejor es irse o resignarse”.
Desde la filosofía, el derecho, la economía y la práctica contemplativa, me parece que necesitamos otra postura: una crítica radical, pero implicada. No la crítica del que mira desde fuera y se siente superior, ni la del que solo quiere “eficiencia” sin tocar estructuras de poder, sino la del que se sabe parte del problema y quiere ser parte de la transformación.
Eso implica, al menos:
- Dejar de usar la autonomía como escudo para la opacidad.
- Dejar de confundir acreditación con calidad real.
- Apostar por una formación que integre rigor intelectual, sensibilidad ética y cuidado de sí y de los otros.
- Abrir espacios reales de participación estudiantil y académica en la toma de decisiones.
- Cultivar, también, una cultura de atención: a lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos dentro de la universidad.
La universidad pública mexicana todavía sirve. Pero podría servir mucho mejor. Y esa diferencia no la harán los discursos ni los rankings, sino las decisiones cotidianas de quienes habitamos sus aulas, sus pasillos y sus órganos de gobierno.
Esta fue la primera entrega de 4 (le resto más breve) de reflexiones personales acerca de los retos de la Universidad Pública Mexicana.


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