Hoy cumplo 45 años.
No sé si decir que me siento en la mitad del partido, en la parte media de la trilogía o en esa temporada de anime donde el protagonista ya no corre solo por impulso, sino con una convicción más profunda. Sea lo que sea, estoy aquí, un año más, tratando de honrar mi filosofía: vivir cada día con intención y con la serenidad de quien sabe que el tiempo es limitado, pero la presencia lo expande.
Este último año no ha sido perfecto —nunca lo es—, pero sí ha sido profundamente mío. Hubo días muy luminosos, otros opacos, y algunos en los que la única victoria fue levantarme, respirar y cumplir con lo que tocaba. Aprendí a valorar también esos días: los que no salen en las fotos ni en las historias, pero sostienen todo lo demás.
Un año para afilar la sierra
Si algo he confirmado en estos últimos 12 meses es que seguir “afilando la sierra” no es un lujo, sino una necesidad: cuidar el cuerpo, entrenar la mente y cultivar el espíritu. Entre clases, proyectos de filantropía, sesiones de mindfulness, correcciones de textos y nuevos contenidos para el blog, me di cuenta de que mi rendimiento no depende solo de cuánto trabajo, sino de qué tan bien descanso, qué tan profundo medito y qué tanto suelto lo que ya no aporta.
He seguido leyendo, estudiando, enseñando y aprendiendo de mis estudiantes. Sigo comprobando que la filosofía no es un adorno académico, sino una manera de respirar el mundo: en el aula, en la cancha, viendo un anime o analizando una jugada en un partido de los Yankees, Rangers, Diablos Rojos del México, los Broncos de Denver o del Real Madrid. Cuerpo, mente y espíritu: tres frentes que este año pedían coherencia, no perfección.
Entre aulas, proyectos y pantallas
La vida profesional siguió siendo un laboratorio constante. Entre la Filosofía del Derecho, la economía y la práctica de mindfulness, he intentado mantener una coherencia: enseñar lo que vivo y vivir lo que enseño. No siempre lo logro, pero el simple hecho de tener ese norte ya marca diferencia.
Los proyectos de filantropía, los contenidos en el blog, las colaboraciones y las actividades institucionales me recordaron que no trabajo solo con conceptos, sino con personas de carne y hueso. A veces las reuniones, los informes y los pendientes se sienten como una avalancha, pero detrás de cada tarea hay rostros, historias, jóvenes que buscan sentido, colegas que sostienen espacios y comunidades que, con todos sus defectos, siguen siendo una apuesta de esperanza.
Deporte, anime y las pequeñas grandes pasiones
Si algo me ha acompañado fielmente estos años son mis aficiones. Desde los Yankees hasta el Real Madrid, pasando por el beisbol de fantasía, el golf y el anime, sigo encontrando en ellas un refugio y una escuela. Podrá parecer exagerado, pero muchas veces un partido remontado, una serie bien escrita o un arco argumental de anime me enseñan más sobre resiliencia, estrategia, lealtad y propósito que muchos consejos de autoayuda.
Este año confirmé que esas “pequeñas grandes pasiones” no son pérdida de tiempo, sino parte de mi manera de estar en el mundo. Me recuerdan que la vida también se disfruta viendo un buen juego, siguiendo una historia que te conmueve o compartiendo una conversación friki sobre personajes y tramas que, en el fondo, hablan de nosotros mismos.
En este último año también confirmé una nueva gran afición que me agarró por sorpresa: los Diablos Rojos del México. Empezaron siendo un equipo más en el panorama del beisbol, pero poco a poco se han convertido en un ritual: seguir sus juegos, aprenderme la historia del equipo, reconocer nombres, disfrutar las remontadas (a la diabla) y sufrir las derrotas. Hay algo en esa mezcla de tradición, garra y espectáculo que me conecta con el niño que se enamoró del deporte y con el adulto que sigue encontrando en el diamante un lugar para emocionarse, analizar y, sobre todo, disfrutar el momento presente. Hoy puedo decir que, además de mis lealtades deportivas anteriores, llevo al México en el corazón, celebrando cada carrera como si fuera una pequeña victoria personal.
Mindfulness, vulnerabilidad y la calma en medio del ruido
Mi práctica de mindfulness siguió siendo uno de los pilares del año. No como pose, ni como moda, sino como herramienta de supervivencia y de lucidez. Respirar, observar, estar consciente, decir “aquí estoy” incluso cuando la mente quiere estar en otro lado, ha sido clave para no perderme en el ruido de la vida diaria.
También he aprendido a respetar más mis límites: decir que no cuando algo me desborda, reconocer el cansancio, pedir ayuda, mostrar vulnerabilidad sin sentir que eso disminuye mi valor. A los 45, la armadura pesa; la honestidad, bien entendida, aligera el paso.
Personas, afectos y gratitudes
No hay año que valga la pena sin personas que lo llenen de sentido. Este año he confirmado que la verdadera riqueza está en los afectos: en la familia, en los amigos de siempre, en quienes aparecen de repente y se quedan, en los estudiantes que te enseñan tanto como tú a ellos.
He vuelto a agradecer las conversaciones largas y las presencias silenciosas, los mensajes que llegan justo cuando hacían falta y los abrazos que no necesitan explicación. Algunas relaciones cambiaron, otras se fortalecieron, y tal vez alguna tuvo que cerrarse. Forma parte del movimiento natural de la vida. Lo importante es seguir apostando por los vínculos que suman, los que te invitan a ser mejor versión de ti mismo, no por obligación, sino por inspiración.
Pérdidas, dudas y aprendizajes
No todo fue luminoso. También hubo momentos de duda, de cansancio, de sentir que el mundo iba demasiado rápido y yo demasiado lento. Hubo proyectos que no salieron como esperaba, decisiones que dolieron y silencios que pesaron más de la cuenta.
Sin embargo, incluso en esos tramos oscuros hubo aprendizaje. Cada tropiezo me recordó que la perfección no existe y que la vida adulta es, en buena medida, un ejercicio constante de reacomodar expectativas, ajustar rutas y perdonarse por no haber sabido antes lo que ahora parece tan obvio. A los 45, mi lista de “pendientes” sigue siendo larga, pero mi lista de “aprendizajes” también.
Hay una belleza extraña y devastadora en amar a alguien que se va despacio. Ver a Nala Pembroke —mi pequeña corgi guerrera— librar su batalla silenciosa contra una enfermedad del corazón que no pide permiso ni da tregua, se ha convertido en una de las experiencias más complejas y desgarradoras de mi vida. No es solo la tristeza de lo que se aproxima; es el peso de la responsabilidad de quien tiene en sus manos la calidad de cada jornada que le queda, la obligación moral —y amorosa— de que cada momento que compartimos sea digno, pleno, genuino. He aprendido, o quizás me ha obligado a aprender, que el tiempo no se mide en cantidad sino en densidad: un solo día bien vivido, con una caricia extra, con una salida al sol, con su pelota favorita rodando entre las patas que todavía la persiguen con entusiasmo, vale más que cien días de rutina distraída, con Camila (mi compañía felina de 22 años) todo fue distinto, ya que no era algo forzado o prematuro era parte del ciclo de la vida, cuando llegó Nala me imaginé más de 14 años juntos compartiendo miles de aventuras, nos hemos quedado cortos en tiempo pero no en felicidad. No sé cuántos días más nos quedarán juntos, y esa incertidumbre es su propio tipo de dolor; pero lo que sí sé es que me ha enseñado algo que ningún libro de filosofía me había dado con tanta claridad: que el presente no es una etapa de transición hacia algo más importante, sino que es lo importante. Cada amanecer con Nala es una lección de presencia pura, de amor sin condiciones, y también de esa valentía callada que solo tienen quienes no saben que son valientes.

Lo mejor de este año
Si tuviera que elegir lo mejor de estos últimos 12 meses, diría que ha sido la sensación de coherencia creciente: sentir que mis distintas facetas (profesor, abogado, facilitador avanzado de mindfulness, aficionado a los deportes, otaku funcional, bloguero, amigo, familiar) empiezan a integrarse en una sola persona y no en múltiples versiones desconectadas.
No estoy “terminado” ni cerca de estarlo, pero sí me siento más cerca de ese Luis que quiero seguir siendo: alguien que vive con intensidad, pero con calma; que piensa, siente, juega, enseña y aprende con la misma intención: aprovechar el día, sin olvidar que cada día forma parte de algo más grande.
La playlist de mis 45 en Apple Music
¿Qué sigue rumbo a los 46?
Rumbo a los 46 no quiero grandes promesas vacías, sino compromisos concretos: seguir cuidando mi salud, profundizar en mi práctica de mindfulness, escribir más y mejor, dedicar tiempo de calidad a las personas que amo y seguir construyendo proyectos que tengan sentido más allá del ego.
Quiero seguir leyendo, enseñando, creando contenidos, soñando proyectos y disfrutando de mis pasiones con la libertad de quien ha entendido que la vida no se aplaza. También quiero seguir siendo alumno: del aula, del tatami interior de la meditación, del campo de golf, de las derrotas deportivas y de los episodios de anime que me recuerdan que siempre hay algo que aprender.
Mi consejo (otra vez)
El año pasado seguramente recomendé algo parecido, pero hoy lo reafirmo: inviertan en ustedes, afilen su sierra interna y construyan buenos cimientos. No se aferren al pasado ni vivan atrapados en un futuro hipotético; ocúpense de su presente, que es lo único que realmente tienen en las manos.
Fortalezcan su mente y su espíritu, cuiden su cuerpo, cuiden a su gente y, sobre todo, cuiden su paz. Las tormentas seguirán llegando, pero una torre con buenos cimientos resiste mejor cualquier temblor.
Hoy, a mis 45 años, elijo seguir caminando ligero, con la mochila llena de experiencias, aprendizajes, afectos y proyectos, pero sin cargar culpas innecesarias. Abro este nuevo ciclo con gratitud, con curiosidad y con la firme intención de seguir viviendo mi filosofía: Carpe Diem, siempre.


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